Por Dina Sotolongo Castro
En homenaje a las esposas de los Héroes Prisioneros
del Imperio Yanqui.
Su gente…, bueno…, son punto y aparte porque son guajiros humildes, que te hacían un café, y te lo daban en jícara (en aquel tiempo), con el mismo amor y franqueza con que te lo ofrecen hoy en tacitas de artesanía. Ese es mi pueblo, mi gente que se repite en cada rincón campesino de Cuba.
Allí nació Ernestina Ponce Ruano. Fruto de la imaginación reuní, o traté de reunir en ella, las virtudes y fortaleza de la mujer cubana. Esa historia de amor, abnegación, fidelidad, de hace más de once años, fue tildada por algunos “del pasado”, “muy romántica”, que ya “eso es historia olvidada”, que “ya las mujeres del Escambray no se ponen jazmines de montaña en el pelo”. Ella, Ernestina, esperó por su hombre ocho años sin siquiera saber que él estaba trabajando con los órganos de seguridad del país. Esa es la historia.
Y hoy pensé en ti, mi amor. Las veces que te pedí te quedaras conmigo. Tu firme decisión de continuar allá donde mi beso no te alcanza, pero donde haces para que los demás alcancen las fuerzas que egoístamente te reclamo.
Me voy en el tiempo y me visita cruzando el mar, Manuela Sáenz sin su Bolívar, pero con el pecho encendido del mismo amor que mantuvo vivo a nuestro Ignacio Agramonte sin Amalia Simoni; a degüello suena el toque anunciando a María Cabrales que carga dulcemente las mil heridas de su Antonio Maceo; el inmenso amor de Mella a Tina Modotti, Aleida sin Ernesto, las que sin nombre quedaron en el recuerdo de los hijos sin padre en el hogar vacío de jazmines. Adriana esperando la semilla de Gerardo en su vientre, para poblar al mundo de flores.
El Escambray está lleno de ti, entonces ya no me parece sacrificio el de mi personaje. No hay sacrificio de amor más hermoso que ese superior a los demás, de las que siguen esperando, de las que ya no esperan, solo recuerdan su esperanza.
No, no te quedes conmigo, porque quedarse es detenerse y no hay tiempo que perder.
Gracias amor, por tu beso distante, por las sonrisas de cada niño salvado, por la persona que comienza a leer, por los ojos que perdieron la oscuridad, por la patria salvada.
Y gracias a todas aquellas que con nombre o anónimas, me han hecho permanecer en mi puesto, cuidar el huerto, ponerme un jazmín en el pelo y continuar… esperándote.
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